Viajar sola

Viajar es uno de los placeres de la vida, viajar alimenta nuestro espíritu y nos abre la mente hacia el  mundo y lo desconocido.

Muchas veces y más cuando uno va creciendo, poder sincronizar fechas, tiempos y presupuestos con las personas especiales con las que nos gustaría viajar es un tarea complicada. Sin embargo, para mí, viajar sola es una experiencia que todos debemos permitirnos en algún momento, como parte de nuestro crecimiento y autoconocimiento. Algo totalmente natural, así como la soledad de nuestro nacimiento.

Hay muchas personas que no se han dado la oportunidad de conocer esos lugares que sueñan. Hay muchas razones, muchas de ellas dirán que son económicas. Lo que sí puedo asegurar es que la mayoría es por miedo (incluido y disfrazado por falta de dinero, tiempo, etc).  Miedo a que algo muy malo nos vaya a pasar, miedo a la soledad, miedo a perderse, miedo a que sea una mala decisión, etc. El miedo no es malo, nos ayuda a reaccionar ante una situación de peligro y a ser responsables de nuestra seguridad, pero es desafortunado que la gran mayoría de nuestras decisiones sean tomadas y dominadas por el miedo.

La primera  vez que viaje sola también tuve miedo. Por mi cabeza pasaban toda clase de situaciones de películas dramáticas, suspenso y horror que me podrían suceder; las personas que me querían se preocupaban, mi mamá me decía ¿que si estaba loca?, ¿para qué me iba tan lejos? ¿Quién me ayudaría si me enfermaba o algo me pasaba? Pero era algo que me pedía mi corazón, y bien dicen que hay que hacerle caso, porque lo que se decide con el corazón no se presta a arrepentimientos.

¿Que hice yo? me hice la mejor amiga del google. Decidí que ciudades quería visitar, en el caso de Europa compre un boleto de varios viajes en tren. Sabiendo que ciudades visitaría, busque hostal para quedarme, porque dentro de mi espíritu aventurero hay un ego organizador. Me gusta aprovechar el mayor tiempo en conocer y recorrer los lugares específicos de cada ciudad sin tener mi mochila cargando, así que reservo un hostal y sigo las indicaciones que vienen en la reserva de cómo llegar; ya en el hostal siento como si llegara a casa. Cuando reservo hostal, también busco por internet “que lugares visitar” y así tengo una idea de que quiero hacer en cada destino. Descargo en mi celular el mapa de transporte público de la ciudad. En el hostal pido información sobre cómo ir  a lo que quiero visitar, aunque con los mapas turísticos de cada lugar, puedes encontrar muy fácil la manera de llegar. Y así, repetía el proceso cada que quería ir a una nueva ciudad, además de ver la forma más fácil, económica o comida para viajar. A veces toma menos tiempo y es barato viajar en avión. En Europa es fácil checar los horarios de los trenes que salen todos los días y si has comprado boleto de varios viajes, solo te subes  al tren y escribes en tu boletito el viaje que estas tomando, a mí si me checaron mi boleto en cada tren que tomé, así que la historia de que en Europa te subes al tren sin pagar, creo que ya quedó en el pasado. En todos los países que he visitado, siempre hay alguien dispuesto a ayudarte si te has perdido, incluso si ninguno de los dos habla el mismo idioma.

En cada hostal que visité encontré que más del 50% de viajeros, lo hacia solos como yo, entre ellos muchas mujeres. Es tan confortante hacer amigos en pocos minutos, compartir las experiencias que has vivido y hacia dónde va cada quien. Consejos y compañía. Puedes fácilmente terminar recorriendo la ciudad con alguien más.

Viajar solo, te vuelve un poco felizmente egoísta con tu tiempo, vas y vienes a cualquier lugar a la hora que deseas, sin esperar a nadie, si deseas despertar temprano o dormir un poco más, si tienes ganas de visitar algo que a nadie más le interesa, si te cansas de caminar y decides parar a tomar un café o si quieres caminar sin descanso. Es una total expresión de libertad. Hubo ocasiones cuando caminaba sola, se me ocurrían bromas pero no tenía a quien contárselas y me reía conmigo misma, a veces me miraron extraño pero sonrieron conmigo. Por las fotos ni te preocupes, terminas graduada con master en selfies.

Ahora practico meditación y comienzo pensando en un recuerdo feliz de mi vida, a mi mente viene siempre el momento de un día radiante: viajaba en tren, ya olvidé hacia donde me dirigía, el sol empezaría a caer en cualquier momento, (he sido, ya olvidé desde cuándo, una fiel admiradora de los atardeceres), en un lugar apartado se veía una colina con un castillo sobre ella, un paisaje abrumador. Me concentre en los campos, en el eterno silencio y la soledad inmensa en la que me encontraba, lo celebré, mis ojos se llenaron de lágrimas, me bastaba con nadie más que yo misma y mi propia compañía, hay que feliz y plena era!

Aún tengo el recuerdo de sentarme en una café, bajo el cielo apenas estriado de nubes blancas, para ver personas pasar mientras sus ojos evitan detenerse en algo, y yo los miro a todos tan intensamente que los estampo en mi alma.  Nunca olvidaré el viajero desconocido que me tomó de la mano para ayudarme a seguir en el camino de la montaña cuando yo ya no podía casi ni respirar.

Conocí hermosas personas, simpáticas, desbordantes de vitalidad, aventureras y platicadoras, algunas con las que tengo intercambio de likes en Facebook, y otras de las que nunca he vuelto a saber y solo queda un bonito recuerdo; ha sido también una buena oportunidad para practicar el desapego sabiendo que las personas así como llegan, se van.

No son palabras lo que escribo sino abrazos, un abrazo que grita que tienen la vida para derrocharla, que se aventuren, se lo regalen, que no me morí ni tuve una experiencia traumática por viajar. Yo, busqué y sigo buscando, la intensidad y la fascinación de ver y sentir cosas que nunca he vivido antes.

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