Salto En Paracaídas – ¿Te Atreverías?

Desde siempre, creo que todos hemos tenido la inquietud de saber qué se sentiría volar, de sentirnos libres, de ver todo desde otra perspectiva y que mejor que desde las alturas. En micaso, nunca he sufrido con el tema de estar en un avión o con las alturas, por lo que saltar de un avión en movimiento a unos 5,000 metros del piso sonaba a una idea interesante… El salto con paracaídas siempre fué un “must” en mi lista de cosas por hacer en la vida, de esas cosas que cada que salen al tema de verdad tienes muchas ganas de hacer pero como “no urge” lo vas dejando para después. Fué hasta apenas hace unos meses que, con la motivación de una amiga (a quien llamaremos Lucía) tomé la decisión de aventarme a hacerlo.

Todo salió de una plática casual, un lunes por la tarde; hablando de lo que nos gustaría hacer alguna vez y el salto resultó ser una idea que ambas teníamos en mente. Como cualquier otra semana, todo transcurrió igual que siempre, hasta que una noche Lucía llegó con la noticia: tenía todo listo y con la cita para el sábado siguiente a las 9:00am el sueño se hiciera realidad. Sin dudarlo ni un segundo acepté la invitación (no podía decir que siempre no…) y cada día que pasaba era una emoción más fuerte de saber que por fin habría algo más que tachar de la “Bucket List”. Para ser muy sincera, tenía muchos nervios, pensaba en todo lo que podía pasar (en lo malo también) y me repetía a mi misma: “¡¿Cuál es la necesidad de sufrir mientras vas cayendo al vacío?!” Llegó el tan esperado sábado y con eso los nervios mucho más intensos. Para ser honesta, casi no pude dormir de la emoción y hasta le hablé a mi hermana para contarle y también para decirle “mis últimas palabras” (ya sé, soy la más dramática pero nunca se sabe… bueno, eso pensaba). Llegamos al lugar donde nos recibieron con mucho entusiasmo y el instructor nos dió una explicación de lo que era el salto, las medidas de seguridad, nos ayudaron con las preguntas e inquietudes que teníamos, etc. Todo en un ambiente muy profesional y relajado. En seguida nos pusieron un arnés, nos subimos a una camionetita y nos dirigimos al aeropuerto de Playa del Carmen, donde solamente hay aviones pequeños y avionetas. Pasamos el filtro de seguridad -seguían los nervios- y nos subimos a una avioneta donde íbamos 4 personas y el piloto. Despegamos y cada vez se hacía mas real la experiencia -más nervios-.

Por un momento lo único en lo que podía pensar era en la belleza de Playa del Carmen y su hermoso mar visto desde las alturas. Nos dieron un paseo por unos 30 minutos aproximadamente para seguir admirando el paisaje. No estoy segura en qué momento pasó pero cuando me pude percatar, la puerta de la avioneta ya estaba abierta, Lucía enganchada a uno de los instructores y ambos sentados en la orilla, con la cuenta regresiva solamente pude escuchar su grito que desaparecía con el sonido del aire, el motor y más nervios! El instructor que saltaría conmigo me dijo que era mi turno, me enganchó a el y en un segundo ya nos encontrábamos sentados en la orilla de la avioneta, a punto de saltar. Solamente escuchaba sus palabras: “tranquila, respira hondo y cuenta hasta 3″… jamás en la vida había respirado tan hondo, tampoco no sabía lo que sentía por que era una mezcla de nervios, emoción, miedo, todo junto y pasando tan rápido! La cuenta regresiva iba apenas en 2 cuando saltamos de la avioneta, hacía falta 1 segundo! Pero ese segundo dejó de ser importante cuando pude sentir y darme cuenta de lo que estaba pasando: estábamos cayendo después de haber saltado de un avión! Lo único que escuchaba eran mis gritos y al mismo tiempo la felicidad de no sentir ese vacío en el estómago como en una montaña rusa; al contrario, todo se sentía tan bien, me sentía libre, lo más parecido al sentimiento de volar, no estaba el sentimiento de “cayendo al vacío”, más bien era un sentimiento como “flotando”, único, inexplicable con palabras, pero que al mismo tiempo se sentía muy bien.

Fueron alrededor de 49 segundos de caída libre antes de que se abriera el paracaídas y fué cuando pude observar más detenidamente lo que había bajo nuestros pies: una playa de arena blanca, un mar tan azul y tan hermoso. La vista que teníamos mientras ibamos descendiendo durante 8 minutos era increíble. Nunca había visto con tanta atención la belleza del lugar donde vivimos; era una imagen digna de una postal.

Llegamos a tierra firme en un aterrizaje suave, sobre la playa donde ya me esperaba Lucía. Al pisar la arena y desengancharme del arnés corrí a abrazarla para compartir ese momento único de nuestras vidas! Lo habíamos conseguido y todo salió tan bien. Fué el primer salto de mi vida y una experiencia inigualable e inolvidable que estará dentro de lo mejor que he hecho en mis 27 años. Yo volvería a saltar muchas veces más, y tú, te atreverías?

 

 

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