LA VIDA DE ADÈLE

La vida de Adèle (La vie de Adèle – Chapitres 1 & 2, Abdellatif Kechiche, 2013)  polémica ganadora de la Palma de Oro en Cannes. En esta película que ha levantado debates y debates alrededor de sus explícitas secuencias de sexo lésbico se esconde la herencia de Cassavetes a través de la configuración de un primer plano que no se olvida. El de las jóvenes Adèle (Adèle Exarchopoulos) y Emma (Léa Seydoux), envueltas en un romance pasional que arrasa con todo a su paso. Principalmente con la inocencia de una Adéle adolescente que crece demasiado rápido y madura en el desamor.

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De eso va, aunque otros se empeñen en hacer que destaquen otras cuestiones, la vigorosa película del francés de origen tunecino Abdellatif Kechiche. Su rodaje, tumultuoso y dictatorial, es la prueba de que las obras de arte no suelen rendirse a la moral. La belleza de sus imágenes, la instantaniedad de su montaje para hablarnos de la fugacidad del amor, nacen de un proceso artístico-narrativo que no resulta agradable. Para llegar a esa verdad, a ese tormento, a ese palpable deseo que se percibe de las miradas entre ambas protagonistas; es necesario un incontable caudal de tomas e intentonas de rodaje. El cine no es, al menos aquel que trasciende, algo agradable. Ni en su concepción ni en su final, aquel que se reinventa a cada espectador.

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En esta película, se esconden grandes secuencias que se dilatan en el tiempo quizá con la intención de quedarse grabadas en la mente para siempre. De ese cruce de miradas involuntario y crucial en el paso de cebra al principio del film pasamos, en su tramo final, a unos ojos que ya no se tocan, se evitan. Entre medias tramos de mayor desigualdad, pero siempre algún momento que guardar. Como es el amor, vaya. Con toda su irrefrenable pasión pero también con todo su lamento ahogado, aquel que ruega porque todo vuelva a ser como antes aún a sabiendas de que es imposible.

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Lo que nos queda, al final de todo, es ese implacable paso del tiempo. Esa inevitable evolución de las cosas, ese cambio que no podemos controlar. Ese silencio, ese tormento. Esa imposibilidad de guardar para siempre el primer momento, el más cálido y feliz de todos, con el fin de revivirlo una y otra vez. Ese conocernos, ese amor que lo cubre todo. Esas miradas en la hierba que se quedan para siempre dentro de nosotros pero que nunca, jamás, podremos revivir de la misma forma. Eso es La vida de Adèle. La suya y la de todos nosotros, la de todos aquellos que en plena adolescencia se hayan rendido por primera vez al amor que trastoca todo lo que creíamos que era nuestro.

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