Bhutan y la felicidad.

En la cordillera del Himalaya, al sur de Asia, rodeado de valles y montañas, glaciares y ríos, se encuentra Bhutan: un país de los más pequeños con menos de 800 000 habitantes.

Este lugar se ha hecho conocido gracias a sus medidas políticas, como el índice de la Felicidad Nacional Bruta que es el  indicador principal de desarrollo en lugar de la economía.

Este índice de felicidad se sustenta en nueve pilares, que son bienestar psicológico, salud, educación, cultura, distribución del tiempo, calidad del gobierno, relaciones sociales, ecología y vivienda.  Encuestas han revelado que la mayor parte de sus habitantes están por encima de la media del grado de satisfacción con sus vidas.

A pesar de ser un país con una gran diversidad de paisajes, la política de turismo ha puesto el bienestar de su población por encima de las remuneraciones económicas que esto les podría generar y evita la llegada masiva de turismo ya que este puede dañar la naturaleza y cultura.

El visado para entrar en Bhutan es de los más caros del mundo, 250 dólares por día, aunque esto incluye el hotel, automóvil y guía; es un destino de no tan fácil acceso para todos los bolsillos.

Bhutan es un país budista, no matan animales, está prohibido fumar, no se permiten vallas publicitarias junto a la carretera y no hay semáforos, solo un límite de velocidades de 50 km/h.

Construyen sus monasterios en las montañas para que sea un esfuerzo llegar hasta ellos, creen que “Si te esfuerzas, te purificas”.

El budismo nos da hermosas lecciones y este país nos demuestra el concepto equivocado que tenemos en general de la felicidad. Tendemos a considerar que la felicidad proviene de circunstancias externas. Dedicamos gran parte de nuestra vida al trabajo, a adquirir objetos, a otras personas, convencidos de que les necesitamos para ser felices. Pero el budismo considera que cualquier cosa que es causa de felicidad no puede ser causa de sufrimiento: es incompatible.

La mayoría de nuestros problemas tienen origen en el apego a cosas que erróneamente creemos permanente.  Causa sufrimiento tener la sensación de carencia, de que cuando consigamos “algo” seremos felices; se crea el deseo, que es insaciable y de allí la angustia de satisfacer deseo tras deseo.

Hemos atribuido que algo o alguien nos dará la felicidad que anhelamos, esto es una ilusión, como el reflejo de la luna en un agua transparente y tranquila parece ser enteramente la luna, pero no lo es; en realidad la luna está en el cielo.

 

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